Palacio de Anglada – Palacio de Larios

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Siguiendo con los palacios desaparecidos del Paseo de la Castellana, encontramos otro edificio que, al igual que el Palacio de Xifré, tomó como una de sus principales fuentes de inspiración la arquitectura de la Alhambra de Granada: el palacio de Juan de Anglada.

La fortuna de la familia Anglada tiene su origen en Jacinto Anglada, empresario barcelonés que se trasladó a Almería, donde hizo fortuna mediante la adquisición de bienes procedentes de la desamortización y aprovechando el auge de la minería durante las décadas centrales del siglo XIX. Su creciente posición económica le permitió adquirir también una notable relevancia social y política, llegando a ser senador por el Partido Liberal Progresista.

Sus hijos, Juan y Jacinto, continuaron la actividad empresarial y política familiar. Juan de Anglada participó en distintos negocios y desarrolló una intensa actividad política, llegando a ser diputado y colaborador de Emilio Castelar. Tras la Restauración borbónica, ambos fueron los únicos diputados de orientación liberal y progresista que permanecieron en el Parlamento.

Sin embargo, fue la herencia recibida por su esposa, María Josefa Fernández de Casariego, la que permitió a Juan de Anglada emprender la construcción de su gran residencia madrileña. María Josefa era hija de Vicente Fernández de Casariego, primer marqués de Casariego, quien había adquirido a precios muy reducidos una enorme cantidad de propiedades pertenecientes al patrimonio del duque de Osuna.

Con parte de esta fortuna, Juan de Anglada adquirió un amplio solar situado junto a la ribera del pequeño arroyo de la Fuente Castellana. En apenas unas décadas, este espacio había pasado de encontrarse en las afueras de Madrid a quedar integrado en el nuevo ensanche de la ciudad proyectado por el arquitecto Carlos María de Castro.

La parcela había sido adquirida inicialmente por el marqués de Salamanca, pero los sucesivos impagos y cambios de propietario terminaron llevando el solar a manos del Banco Hipotecario, que finalmente se lo vendió a Juan de Anglada.

El palacio fue proyectado por el arquitecto Emilio Rodríguez Ayuso, autor también del palacete del marqués de los Salados y de numerosas obras realizadas durante el periodo de expansión de Madrid. Su construcción tuvo lugar durante la década de 1870 y se organizó alrededor de un gran patio central rectangular, cuya concepción evocaba algunos de los espacios más célebres de la Alhambra, especialmente el Patio de los Leones y la Sala de Embajadores.

El resultado fue un edificio de carácter ecléctico, en el que convivían diferentes referencias historicistas. La fachada, construida en ladrillo rojizo visto, incorporaba elementos de tradición neoclásica junto a otros motivos de inspiración egipcia, dando al conjunto una apariencia particularmente singular dentro de la arquitectura residencial de la época.

El palacio ocupaba la parte central de la parcela y estaba acompañado por otros dos grupos de edificaciones destinados a los servicios de la residencia: cuadras, portería, cocheras, graneros y otras dependencias auxiliares. Estos edificios secundarios también estaban construidos en ladrillo visto, aunque con una arquitectura mucho más sencilla y funcional.

En el interior, el lujo alcanzaba una especial importancia. Los espacios estaban decorados con mármoles, trabajos de escayola y frescos realizados por distintos artistas. En torno al edificio se extendía además un amplio jardín de carácter inglés, que completaba el conjunto residencial.

Las crónicas de la época coinciden en destacar la calidad de los materiales empleados y la riqueza de la decoración, convirtiendo al palacio de Anglada en una de las grandes residencias privadas del Madrid de finales del siglo XIX.

Sin embargo, la enorme fortuna heredada por María Josefa Fernández de Casariego parece que no tuvo el efecto esperado sobre la actividad empresarial de Juan de Anglada. En lugar de reinvertirla en nuevos negocios, Anglada pasó a vivir principalmente de sus rentas y de su patrimonio, que aparentemente fue consumiéndose con rapidez.

La situación económica de la familia debió deteriorarse considerablemente y, en 1890, Juan de Anglada puso el palacio a la venta. El edificio, además, todavía no había terminado de ser decorado por completo y apenas había llegado a ser habitado, lo que convierte su historia en la de uno de los grandes palacios madrileños que apenas tuvieron tiempo de alcanzar su esplendor antes de iniciar su decadencia.

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